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Prepárate para hacer scroll y conocer cómo surgió la Universidad y el papel que jugaron los colegios mayores en su desarrollo.

¡Hablamos del siglo XIV!

Un apasionante relato, escrito por Nicanor Gómez Villegas, Doctor en Historia Antigua y director del Colegio Mayor Isabel de España, en Madrid

Un grupo de jóvenes universitarios deciden vivir en comunidad y aprender juntos, guiados y tutelados por sus compañeros más experimentados e incluso por algún adulto al que han decidido aceptar entre sus filas. Allí aprenden las cosas importantes de la vida, comienzan a apreciar la cultura y el arte, y se preparan, en definitiva, para la vida que les aguarda fuera de las paredes de ese microcosmos.

 

En algunos casos esa etapa formativa se prolonga durante muchos años y naturalmente deja una huella indeleble y un sentimiento de pertenencia que no suscitan la Universidad, la Iglesia o incluso la nación de la que forman parte.
Les suena la historia, ¿verdad? Pues bien, no estamos hablando de nuestros colegios mayores, los de la segunda mitad del siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI. Estamos describiendo el latido fundacional de los colegios mayores en la Europa del siglo XIV y XV, una época histórica en la que las emergentes naciones europeas necesitaban minorías formadas y preparadas para dirigir la administración de sus estados.

 

Ese es el contexto en el que nacen los colegios mayores: las élites dirigentes amparan la creación de comunidades de aprendizaje para jóvenes brillantes, con independencia de su origen social, pues se trataba de formar a los más capaces.

 

Los colegios mayores fueron instituciones educativas que tenían como objetivo impartir docencia para acreditar la obtención de los grados mayores de la universidad: licenciatura y doctorado, pero lo verdaderamente característico era la importancia que se daba allí a la formación integral, la protección, alojamiento y manutención de los estudiantes que eran allí acogidos. Los colegiales aprendían juntos, pero sobre todo se formaban y vivían juntos.
A pesar de todos los cambios sociales y de las propias vicisitudes y transformaciones que ha experimentado nuestra institución, aquel latido fundacional no ha cambiado: lo esencial de los colegios mayores radica en el hecho sin parangón con otros modelos educativos en que nuestros colegiales viven, aprenden y se forman en comunidad.
Existen muy pocos ecosistemas universitarios homologables a nuestro modelo de colegio mayor integrado en la propia universidad como una institución educativa y formativa. En este texto el Consejo de Colegios Mayores Universitarios de España, sin ánimo exhaustivo, quiere realizar una breve panorámica de los hitos históricos más importantes de nuestra institución que nos ayude a comprender qué tenemos en común con los primitivos colegios mayores y qué ha cambiado.

S.XIV

Año 1369

Real Colegio Mayor de San Clemente – Universidad de Bolonia

S.XV

Año 1404

Colegio Mayor de San Bartolomé – Universidad de Salamanca

S.XV

Año 1482

Colegio Mayor de la Santa Cruz – Universidad de Valladolid

S.XV

Año 1499

Colegio Mayor de San Ildefonso – Alcalá de Henares

S.XVI

Año 1522

Colegio Mayor de Fonseca – Santiago de Compostela

S.XVII

Año 1649

Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago . Universidad de Granada

De España a Asia,

pasando por América Latina

Las primeras comunidades de estudiantes de esta naturaleza se fundaron en Oxford, en la Universidad de París y sobre todo en la Universidad de Bolonia. Nuestra institución nació en 1365 con la fundación por parte del Cardenal Gil de Albornoz del “Colegio de San Clemente de los Españoles” para ofrecer una educación universitaria de primera categoría a unos pocos estudiantes llenos de talento pero que carecían de los medios económicos para financiar una formación tan larga y tan cara. A tal fin se creó un sistema de becas para estudiantes de la Corona de Castilla que reunían una serie de requisitos: pobreza, capacidad intelectual, austeridad y compromiso de vivir bajo las constituciones del Colegio.

 

Este modelo fue imitado muy pronto en España, sobre todo por antiguos colegiales de San Clemente en cuya alma mater se inspiraron para trasplantar ese modelo a su lugar de origen. Diego de Anaya fundó en 1401 en Salamanca el primer colegio de la universidad española, aunque no el primer colegio español, como hemos podido ver. Se trataba del Colegio Mayor de San Bartolomé o Colegio Viejo, que tiene una importancia superlativa en la historia de la América de lengua española, ya que fue el modelo a partir del cual se fundaron la mayor parte de los colegios mayores de las universidades americanas, primeros de una larga lista cuya tradición ha llegado a nuestros días:

 

El Colegio de San Nicolás Obispo, fundado por Vasco de Quiroga en 1540, embrión de la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, El Real Colegio de San Martín de Lima, de 1582; El Real y Antiguo Colegio de San Ildefonso, fundado en México en 1588; El Real Colegio de Santo Toribio en Lima, en 1590; el Real Colegio de San Felipe y San Marcos, Lima, 1592; El Colegio Mayor de San Bartolomé, Bogotá, 1604,

 

Para cerrar este inventario de las primeras fundaciones del espacio iberoamericano de educación superior, incluiremos en esta relación una fundación novohispana en Asia: el Colegio de Nuestra Señora del Santísimo Rosario de 1611, que cambiaría su nombre a Colegio de Santo Tomás y que en 16145 sería elevado su rango a Pontificia y Real Universidad de Santo Tomás de Manila, la más antigua de Asia.

 

A la iniciativa de Don Diego de Anaya siguieron:

La fundación por parte del Cardenal Mendoza del Colegio de la Santa Cruz de Valladolid en 1486; la del Colegio de San Ildefonso en Alcalá de Henares en 1499 por el Cardenal Cisneros; la del Colegio de Santiago el Zebedeo o de Cuenca en Salamanca en 1500; la  del Colegio de San Salvador o de Oviedo en Salamanca en el año 1517 por el Obispo de Oviedo, Diego de Muros; la fundación por el Arzobispo Fonseca del Colegio de Santiago o del Arzobispo en Salamanca en 1521.

 

Durante siglos solo estos siete colegios (los seis fundados en Salamanca, Valladolid y Alcalá más el de San Clemente en Bolonia) gozaron del privilegio de llevar el nombre de “Colegio Mayor”, aunque pronto otros muchos tanto en España como en América se fueron asimilando paulatinamente a esta categoría.
Para que pudieran cumplir con sus objetivos fundacionales, los fundadores de estos colegios les adjudicaron unas rentas que les permitiesen hacerse cargo de las necesidades materiales y formativas de sus colegiales, y regularon meticulosamente el modo de organización de los colegios con la promulgación de unas pormenorizadas constituciones que garantizaban la autonomía y autogestión jurisdiccional, política y económica de los colegios mayores. Este sistema, que daba una enorme estabilidad institucional a los colegios mayores, al mismo tiempo confería con la rotación y temporalidad de determinadas responsabilidades asumidas por los colegiales la posibilidad –y obligación- de adiestrarse alternativamente en el ejercicio del liderazgo y de la obediencia. Esta implicación de los colegiales en el gobierno y en el destino de sus colegios es algo que al margen de los cambios en la institución ha llegado hasta nuestros días y forma parte de modo indeleble del ADN de los colegios mayores.

 

Las constituciones fueron adaptadas a los cambios sociales con la promulgación de estatutos por parte de los propios colegiales o de quienes ostentaban la autoridad suprema en cada colegio: los patronatos o los visitadores regios. En sus dos primeros siglos de historia los colegios mayores cumplieron cabalmente con los objetivos para los que habían sido creados: seleccionar a los mejores, formarlos intelectual y humanamente, adiestrarlos en la lealtad, el liderazgo y la obediencia y prepararlos para el ejercicio de cargos de enorme responsabilidad.
Ese esfuerzo y la coherencia con la que se llevó a cabo, sobre todo en el rigor y la justicia con la que se asignaban las becas, dio sus frutos y los colegios mayores españoles se convirtieron en una prestigiosa cantera de altos funcionarios de la administración de la España Moderna, tanto en la península ibérica como en los territorios de la América de lengua española. Pero precisamente este éxito en la selección de funcionarios (origen humilde, trabajadores, inteligentes, austeros, honrados, leales a la corona) abocaría a su decadencia y pérdida de sentido: dado que el disfrute de una de esas becas era el camino más seguro para la obtención de un buen puesto en la administración, la nobleza puso sus ojos en esas becas y comenzó a acapararlas de modo fraudulento. La perpetuación del espíritu de casta y del nepotismo entre colegiales y antiguos colegiales harían el resto.

 

Desde mediados del siglo XVI ya era prácticamente imposible obtener una beca de colegial si no se pertenecía a la nobleza o si se era ajeno a los círculos de privilegio y nepotismo controlados por los antiguos colegiales. Una de las manifestaciones más evidentes del poder de estos círculos fue el monopolio de las cátedras universitarias, pues eran los antiguos colegiales que copaban los puestos del Consejo de Castilla quienes nombraban a los nuevos catedráticos eligiendo casi siempre a miembros de sus propios colegios.

 

Esta situación provocó, además de una enorme decadencia del vigor intelectual de los colegios mayores y de la propia universidad española, un gran resentimiento hacia los colegios mayores y todo lo que representaban. Los sectores a ellos enfrentados acabaron constituyendo un partido que obtendría parcelas importantes de poder sobre todo a partir del reinado de Felipe V. Este partido o grupo de interés fue conocido como “manteísta”.

S.XVIII

Año 1798

Supresión de los Colegios Mayores

S.XX

1910

Residencia de Estudiantes

S.XX

Años 40

Refundación de los Colegios Mayores

S.XX

La Transición

Los colegios mayores como parte activa del periodo de la transición democrática

S.XX

Año 1978

Fundación del Consejo de Colegios Mayores Universitarios

S.XX

Años 80

Los Colegios mayores como catalizadores culturales

Los Colegios Mayores como fuente de inspiración para la Residencia de Estudiantes

Durante todo el siglo XVIII y XIX los colegios fueron restaurados y revitalizados alternativamente por los gobiernos de orientación liberal y conservadora. Por esa razón, durante los periodos absolutistas de Fernando VII, los gobiernos moderados del XIX y las dictaduras de Primo de Rivera y Franco los colegios mayores recuperaron su importancia, perdiéndola durante los periodos en que los liberales recuperaban el poder. Con el cierre definitivo de los colegios mayores en el siglo XIX se exacerbó el problema de la formación de la élite dirigente en España sin crear una alternativa válida.
En el año 1910 Alberto Jiménez Fraud, un discípulo de Giner de los Ríos imbuido del espíritu regeneracionista de la Institución Libre de Enseñanza y de su programa de modernización pedagógica y científica, fundó la Residencia de Estudiantes, verdadera heredera del legado intelectual y el espíritu fundacional de los primeros colegios mayores y el antecedente más destacado de los colegios mayores contemporáneos.

 

La Guerra Civil terminó con el espíritu de la Residencia de Estudiantes y los vencedores de la guerra trataron deliberadamente de reformular su programa educativo, aquel programa de Jiménez Fraud “formar una clase directora, consciente, leal e informada”, y adaptarlo a sus propias necesidades de crear una élite dirigente leal al régimen. No por azar en 1943 se fundó en la destruida Ciudad Universitaria una institución que se consideraba heredera de la Residencia de Estudiantes, pero con la clara voluntad de depurarla de todo lo que la Residencia significaba. El Colegio Mayor Ximénez de Cisneros, del que pronto surgirían el Antonio de Nebrija y el Diego de Covarrubias, paradójicamente preservó gran parte del legado que se suponía que debía hacer desaparecer.

Las instituciones que fueron creadas para perpetuar el régimen se convirtieron en focos desde los que se irradiaba pensamiento crítico, disidencia y activismo político.

El ideal de los primitivos colegios mayores, recuperado por la Residencia de Estudiantes, resurgió de entre las cenizas de la guerra con un claro designio de formar una clase dirigente para el régimen de Franco. En este contexto hay que tratar de entender el decreto de 19 de febrero de 1942 que restaura los colegios mayores. La autonomía colegial medieval pasó al Consejo Nacional de Educación, que financiaba la construcción y mantenimiento de los colegios y consiguientemente establecía firmemente las directrices de funcionamiento de los colegios.

 

¿Se cumplieron los designios del régimen con la refundación de los colegios mayores? La clave para contestar a este interrogante descansa una vez más en el factor humano: cuando se crean las condiciones para que los jóvenes vivan, se formen y aprendan juntos muchas veces los planes establecidos sobre el papel se transforman. Así sucedió en muchos colegios mayores durante la década de los años sesenta y setenta del siglo XX en todos los distritos universitarios de España: las instituciones que fueron creadas para perpetuar el régimen se convirtieron en focos desde los que se irradiaba pensamiento crítico, disidencia y activismo político.

 

En un momento de la historia de España en la que eran necesarios lugares de diálogo, de deliberación política de insumisión ante el estado de cosas, los colegios mayores formaron a una generación de universitarios que protagonizaron la transición política española y fueron un ágora de las ideas, de la cultura y del arte.
Los colegios mayores de finales del siglo XX y del primer cuarto del siglo XXI somos depositarios de una vibrante tradición universitaria, la de los colegios mayores en la edad de oro de la universidad renacentista española y europea y la más reciente de los últimos setenta años de historia de España. En nuestra tradición está una parte fundamental de nuestra identidad: de excelencia intelectual, de servicio, de tolerancia y de compromiso cívico. No somos unos recién llegados y debemos hacerlo valer. En el siglo XXI se está produciendo un segundo renacimiento al socaire de la industria del conocimiento.
En ese contexto tenemos una enorme ventaja: debido a la decantación de nuestra trayectoria somos comunidades de aprendizaje, lugares con personas, con jóvenes, que aprenden en comunidad, que crecen y se desarrollan en comunidad. Somos el ejemplo perfecto de educación permanente y en competencias, es decir, experiencias significativas de aprendizaje, tanto formales como informales, entre las que destaca sobre todas una esencial: el arte de la convivencia.

 

En un nuevo contexto social, ante un nuevo paradigma educativo, debemos seguir apostando por el capital social, por la formación de nuestros colegiales en competencias, por su crecimiento personal y emocional, por su desarrollo social en integración, convivencia y ciudadanía y aportando habilidades profesionales.

 

¿Qué podemos ofrecerles a nuestros colegiales y a nuestros futuros colegiales? Un enorme dinamismo, capacidad de innovación y emprendimiento, predisposición y familiaridad con el trabajo en equipo y facilidad de adaptación a entornos multiculturales y aceptación de la diversidad y la diferencia. Debemos recuperar nuestro prestigio social y reivindicar nuestra misión al servicio de la universidad y de la sociedad.
Los colegios mayores solo sobrevivirán, como nos recordaba un compañero director en su despedida hace unos años, si logran atraer a colegiales que compartan un ideal y lo hagan suyo paulatinamente. Si falta alguno de estos factores (―Proyecto universitario y cultural ―Colegiales comprometidos ―Entusiasmo), los colegios mayores languidecen y acaban desapareciendo o siendo sustituidos por residencias, que siempre tendrán la ventaja a corto plazo que conllevan la inmediatez, la prisa, la búsqueda del confort material a ultranza, la comodidad, en suma, la falta de compromiso y lo que Zygmunt Bauman denominó las relaciones líquidas, en este caso en el contexto universitario.

 

En el horizonte de la creciente movilidad universitaria nacional, del espacio europeo de educación superior, del atractivo que tiene la universidad española para los alumnos latinoamericanos, de la creciente competencia internacional y nacional por captar talento, los colegios mayores tenemos un espacio propio que tenemos que reivindicar y defender, como microcosmos de vida cultural y creatividad, como comunidades de aprendizaje en las que se puedan certificar actividades extracurriculares y habilidades profesionales, como escuelas de tolerancia y de ciudadanía que nuestra sociedad necesita acuciantemente ahora más que nunca.
Ya para finalizar, me gustaría traer a colación una lectura iluminadora. En Breviario de saberes inútiles el sinólogo Simon Leys nos cuenta de un modo magistral qué es una comunidad de aprendizaje, el paradigma educativo que define a la perfección los colegios mayores desde su fundación.

 

 “Dos años disfruté de la hospitalidad fraternal de un antiguo condiscípulo, un artista que compartía el alojamiento con dos estudiantes de postgrado, un filólogo y un historiador. Dormíamos en literas en una sola habitación común. El lugar era un caos absoluto; en cualquier otro sitio habría parecido un cuartucho deprimente, pero allí todo estaba redimido por la obra de un amigo: una soberbia caligrafía colgada en la pared: Wu Yong Tang. “Escuela de la inutilidad”. […]

 

Pasé dos años en la escuela de la inutilidad; fueron años intensos y gozosos, en los que aprender y vivir eran lo mismo. La mejor descripción de este tipo de experiencia se debe a John Henry Newman, quien, en su obra clásica The Idea of a University, hace una propuesta de asombrosa audacia: dice que si tuviese que elegir entre dos universidades, una en la que profesores eminentes enseñaran a estudiantes que se limitasen a asistir a clase y a presentarse a los exámenes, y otra en la que no hubiese profesores ni clases ni exámenes ni títulos, pero en la que los alumnos viviesen dos o tres años juntos, él elegiría la segunda.

 

Y concluía: «¿Cómo explicarlo? Cuando una multitud de jóvenes, agudos, francos, comprensivos y observadores, como suelen ser los jóvenes, se reúnen y se relacionan entre sí, seguro que aprenden unos de otros, aunque no haya nadie que les enseñe; la conversación de todos es una serie de lecciones para cada uno, y asimilan así nuevas ideas, nuevos puntos de vista, material fresco para el pensamiento y principios claros para juzgar y actuar día a día.»”

 

No me cupo ninguna duda cuando leí estas palabras: Simon Leys y John Henry Newman nos estaban brindando la mejor definición que conozco de un colegio mayor, aquel grupo de estudiantes universitarios que deciden vivir en comunidad y aprender juntos al que aludíamos al principio de estas líneas.